Mi padre tiene un labrador que se llama Luca. Es un perro bonachón, con cara de simpático, que cuando le llamas parece que te sonríe. En el pueblo siempre hay gatos por el campo, son gatos de casas de vecinos o que están sueltos por el monte. Mi padre tuvo uno en régimen de acogida: el gato llegó, mi padre le dejó entrar en la casa y el gato se quedó una temporada. Le llevó al veterinario, le puso sus vacunas y sus antiparasitarios (imprescindible si el gato va a estar suelto por el campo), le compró comida para gatos y una caja de arena que el gato jamás uso. Tenía todo el campo para hacer lo que tuviera que hacer. También le puso nombre: Micho. O Michi, dependía del día. Mi padre acogió al gato, pero Luca decidió adoptarlo. Donde iba el gato, iba Luca. Si Micho iba para el monte, Luca iba para el monte. Si Micho decidía ir hacia la carretera, Luca ponía el grito en el cielo, ladraba, se ponía en medio y le empujaba con la pata hasta que el gato se rendía y volvía.

Es un mito eso de “como el perro y el gato”. Depende, claro está, de si perros y gatos han convivido desde que son pequeños o no se han visto nunca. Pero conozco más ejemplos de gatos y perros que son compañeros o en el peor de los casos, que se miran con indiferencia desde lejos, que casos de perros persiguiendo a gatos. Insisto, esto siempre que hayan convivido juntos desde pequeños.

Y para muestra un botón: A los perrazos les gustan los gatitos.

 

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